La migración ha cambiado barrios, iglesias y familias en toda América Latina. Venezolanos rehacen su vida en Colombia, Perú, Brasil, Ecuador y otros países; centroamericanos atraviesan rutas largas; haitianos y personas de muchas nacionalidades pasan por…

La migración ha cambiado barrios, iglesias y familias en toda América Latina. Venezolanos rehacen su vida en Colombia, Perú, Brasil, Ecuador y otros países; centroamericanos atraviesan rutas largas; haitianos y personas de muchas nacionalidades pasan por ciudades que nunca imaginaron como destino. ACNUR calcula que millones de venezolanos viven fuera de su país y que la gran mayoría permanece en América Latina y el Caribe. Detrás de esas cifras hay alquileres imposibles, documentos pendientes, trabajos informales, niños cambiando de escuela y adultos que han perdido redes de apoyo.

Ese contexto abre una pregunta misionera seria: ¿cómo puede una iglesia compartir el evangelio sin convertir la necesidad de una persona migrante en una oportunidad de presión religiosa? La respuesta cristiana no es dejar de hablar de Jesús. Es aprender a unir hospitalidad y testimonio de una manera que respete la libertad, la dignidad y la agencia del huésped. Si la ayuda depende de escuchar un sermón, asistir a un culto o adoptar la fe del benefactor, ya no se parece a la gracia que la iglesia dice anunciar.

El extranjero en la Biblia no es una herramienta para el crecimiento de la iglesia

Desde la Ley de Moisés, Israel recibe mandatos concretos sobre el trato al extranjero. Levítico 19 conecta esa obligación con la memoria de haber sido extranjero en Egipto. En el Nuevo Testamento, la hospitalidad continúa como una práctica normal del pueblo de Dios. Mateo 25 vincula recibir al forastero con el servicio a Cristo, y Hebreos anima a practicar hospitalidad sin reducirla a una estrategia de expansión religiosa.

Eso no significa que el cristiano deba ocultar su fe. Significa que la persona migrante no puede convertirse en un medio para que la iglesia alcance sus propias metas. El huésped sigue siendo un prójimo si nunca se hace miembro. Una familia merece ayuda para entender un contrato de alquiler aunque después elija otra congregación o ninguna. Esa libertad es precisamente lo que distingue la hospitalidad del reclutamiento.

La vulnerabilidad cambia la ética de la conversación

Una persona que depende de una bolsa de alimentos, alojamiento temporal, asesoría legal o una recomendación laboral no está en una relación de poder equilibrada con quien ofrece esos recursos. Incluso una invitación aparentemente amable puede sentirse obligatoria. Por eso los ministerios que trabajan con migrantes necesitan separar con claridad la asistencia de cualquier expectativa religiosa. La iglesia puede ofrecer oración o conversación espiritual, pero debe ser posible decir “no” sin perder ayuda, amistad o respeto.

El documento internacional sobre testimonio cristiano elaborado con participación del Consejo Mundial de Iglesias y la Alianza Evangélica Mundial insiste en rechazar toda forma de coerción y en respetar plenamente a las personas. Esa recomendación no debilita la evangelización; la purifica. La fe cristiana afirma que nadie entra al reino por presión social. La respuesta al evangelio debe ser una respuesta de conciencia.

Hospitalidad significa ayudar a recuperar agencia

Las mejores respuestas a la migración no tratan a las personas como receptores pasivos. Los planes regionales coordinados por R4V han subrayado la participación de organizaciones dirigidas por refugiados y migrantes, precisamente porque quienes viven el desplazamiento también poseen capacidades, conocimiento y liderazgo. Una iglesia puede aprender de ese principio. No todos los migrantes necesitan el mismo tipo de ayuda y muchos pueden contribuir desde el primer día si se les permite participar en las decisiones.

En lugar de diseñar un ministerio “para ellos” sin preguntar, una congregación puede escuchar qué barreras son más urgentes: documentación, cuidado infantil, transporte, idioma, empleo, acceso a servicios o simplemente amistades. También puede preguntar qué dones traen las nuevas familias. El extranjero de hoy puede convertirse en maestro, líder, músico, empresario, cuidador o misionero mañana. La hospitalidad cristiana no conserva a la gente en una posición de dependencia.

Las historias de migración no deben convertirse en material promocional

Las iglesias a veces publican fotografías de personas recibiendo ayuda para mostrar a donantes que el ministerio funciona. La intención puede ser buena, pero una imagen tomada en un momento de vulnerabilidad puede acompañar a alguien durante años en internet. El código humanitario de la Cruz Roja y organizaciones de socorro insiste en presentar a las víctimas de desastres y crisis como seres humanos dignos, no como objetos desesperados. Ese principio también sirve a las iglesias.

Antes de fotografiar, grabar un testimonio o contar una historia, debe existir consentimiento informado y una posibilidad real de negarse. La gratitud por una bolsa de alimentos no equivale a permiso para narrar públicamente una vida. A veces el testimonio más cristiano es servir sin convertir el servicio en contenido. La dignidad de una familia vale más que una publicación eficaz para recaudar fondos.

El evangelio puede hablarse con claridad sin crear una deuda religiosa

La hospitalidad cristiana no es muda. Una iglesia puede explicar por qué sirve: porque cree que Dios recibe al extranjero, porque Jesús enseñó a amar al prójimo y porque el evangelio forma una comunidad en la que desconocidos pueden convertirse en hermanos. Esa explicación puede darse de manera natural cuando surge la pregunta. También se puede ofrecer un estudio bíblico, una reunión de oración o una invitación a la congregación, siempre que quede claro que la relación no depende de aceptar.

Esa claridad evita dos errores. El primero es usar la ayuda como cebo religioso. El segundo es actuar como si mencionar a Jesús contaminara necesariamente el servicio. La solución no es separar completamente palabra y vida, sino impedir que la palabra se apoye en una necesidad para obtener una respuesta. La gracia no necesita una trampa.

La iglesia local también debe cuidar a la comunidad anfitriona

La llegada de muchos migrantes puede generar presión real sobre alquileres, escuelas, servicios y empleos, especialmente en barrios que ya tienen pocos recursos. Negar esas tensiones no ayuda. Una iglesia que sirve a personas recién llegadas debe escuchar también a vecinos antiguos que pueden sentir miedo o resentimiento. La misión cristiana no enfrenta a dos grupos vulnerables entre sí; busca relaciones que reduzcan la competencia y aumenten la cooperación.

Eso puede significar que un comedor comunitario atienda a migrantes y residentes, que un programa de capacitación esté abierto a ambos o que las actividades de niños mezclen familias recién llegadas y familias del barrio. La hospitalidad bíblica no requiere idealizar la migración. Requiere mirar a cada persona como prójimo y construir espacios donde la ayuda no produzca nuevos resentimientos.

La migración también transforma a la iglesia que recibe

Cuando una congregación abre espacio a personas de otros países, descubre que su propia cultura cristiana no es universal. Cambian los acentos, las canciones, los horarios, la comida, las expectativas de liderazgo y la manera de hablar de la fe. Esa incomodidad puede ser una gracia. La misión deja de ser algo que la iglesia “lleva” a otros y se convierte también en un aprendizaje sobre la amplitud del cuerpo de Cristo.

Muchas personas migrantes ya son cristianas y llegan con experiencia pastoral, teológica y misionera. Otras vienen de tradiciones distintas o sin afiliación. En ambos casos, recibirlas bien exige más que entregar recursos. Requiere amistad, escucha, paciencia con la burocracia y espacio para que las personas aporten. La hospitalidad madura termina cambiando tanto al anfitrión como al huésped.

La movilidad humana seguirá formando parte del paisaje latinoamericano. Para la iglesia, eso no es principalmente una oportunidad de crecimiento numérico, sino una oportunidad de obedecer el mandato de amar al extranjero y dar testimonio de Cristo con integridad. La ayuda debe responder a la necesidad, no a la posibilidad de conseguir una decisión religiosa.

Una misión digna de su mensaje puede decir: “Te ayudaremos aunque nunca vengas a nuestro culto. Si quieres saber por qué lo hacemos, con gusto hablaremos de Jesús”. Esa frase conserva dos cosas que nunca deberían separarse: una hospitalidad sin condiciones y un testimonio cristiano sin vergüenza.