En buena parte de América Latina ya no alcanza con dividir a las personas entre “creyentes” y “no creyentes”. Hay quienes dejaron de llamarse católicos, evangélicos o miembros de una iglesia, pero siguen creyendo en Dios, oran en momentos difíciles,…
En buena parte de América Latina ya no alcanza con dividir a las personas entre “creyentes” y “no creyentes”. Hay quienes dejaron de llamarse católicos, evangélicos o miembros de una iglesia, pero siguen creyendo en Dios, oran en momentos difíciles, conservan recuerdos religiosos de la infancia y no se consideran ateos. La encuesta de Pew publicada en 2026 muestra justamente esa combinación: crece la población sin afiliación religiosa en varios países, mientras la creencia en Dios continúa siendo muy extendida.
Para la evangelización, esa realidad exige una escucha más fina. La persona que se alejó de una institución puede no haber rechazado a Cristo. Tal vez dejó una congregación por cansancio, escándalo, presión familiar, decepción con líderes, preguntas sin respuesta o simplemente porque la fe dejó de ocupar un lugar claro en su vida. Si el cristiano entra en la conversación suponiendo que ya conoce la historia, puede responder a una objeción que nadie planteó y perder la oportunidad de escuchar lo que de verdad está pasando.
No toda distancia religiosa significa incredulidad
Pew encontró en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú una pérdida de afiliación católica y un crecimiento de quienes se describen como ateos, agnósticos o “nada en particular”. Sin embargo, la misma investigación muestra que la creencia en Dios sigue siendo alta incluso entre muchos no afiliados. Eso significa que la secularización latinoamericana no copia exactamente el patrón de algunos países europeos: para muchas personas, dejar una institución no equivale a abandonar toda experiencia espiritual.
La misión cristiana necesita distinguir esas capas. Un joven que dice “ya no voy a ninguna iglesia” puede estar expresando enojo, independencia, confusión o una convicción filosófica. Una mujer que dejó una congregación puede seguir leyendo los Salmos. Un hombre que se considera “creyente a mi manera” quizá tenga una imagen de Jesús formada por su abuela, por una parroquia, por una iglesia pentecostal o por experiencias contradictorias. Evangelizar bien empieza por preguntar, no por etiquetar.
Jesús no redujo a las personas a una categoría
En Juan 4, Jesús conversa con una mujer samaritana cuya historia religiosa y personal es compleja. Él no finge que las diferencias no existen, pero tampoco abre con una lista de errores. La conversación avanza desde una necesidad cotidiana hacia preguntas de adoración, identidad y esperanza. Jesús conoce la verdad, pero la comunica dentro de un encuentro real. Esa escena no ofrece una fórmula de evangelización, pero sí una postura: atención a la persona concreta antes que a la categoría abstracta.
Algo parecido ocurre en Hechos 17. Pablo observa la religiosidad ateniense y parte de lo que ve para anunciar al Dios creador y a la resurrección. No aprueba todas las creencias de sus oyentes, pero tampoco los trata como caricaturas. La misión cristiana conserva el derecho y el deber de hablar con claridad acerca de Cristo; lo que pierde cuando no escucha es la capacidad de saber qué necesita aclarar, qué puede afirmar y qué malentendido conviene desmontar.
La decepción con la iglesia debe tomarse en serio
Hay personas que se alejaron porque fueron manipuladas, avergonzadas o ignoradas. Otras vieron incoherencia entre el discurso cristiano y la conducta de quienes lo pronunciaban. También hay quienes simplemente encontraron una comunidad cerrada a sus preguntas. No todo relato de daño es igual y no toda acusación puede verificarse, pero una respuesta defensiva casi siempre empeora la conversación. La iglesia no gana credibilidad explicando demasiado rápido por qué alguien “entendió mal”.
El evangelio permite una respuesta distinta: reconocer que los cristianos pecan y que las iglesias pueden fallar sin convertir ese reconocimiento en una renuncia a la verdad cristiana. La credibilidad del testimonio no depende de presentar una institución impecable, sino de dirigir la mirada a Cristo y de mostrar una comunidad capaz de arrepentirse, corregirse y rendir cuentas. A veces la frase más honesta es: “Lo que te pasó no debería haberse normalizado”.
No se evangeliza ganando una discusión sobre etiquetas
Cuando alguien dice “soy espiritual pero no religioso” o “creo en Dios, pero no en la iglesia”, la tentación es atacar la frase. Sin embargo, vencer una definición rara vez acerca a una persona a Jesús. Conviene preguntar qué significa para ella “Dios”, qué espera de la oración, qué piensa de Jesús y por qué la comunidad cristiana dejó de ser confiable. Esas preguntas no relativizan el evangelio; ayudan a ubicar el punto real de la conversación.
Primera de Pedro 3 une la disposición a dar razón de la esperanza con mansedumbre y respeto. Esa combinación es especialmente importante con personas que ya conocen el vocabulario cristiano. Un tono de superioridad confirma precisamente la sospecha que muchos tienen sobre la religión institucional. La convicción cristiana puede ser firme sin ser áspera. De hecho, la seguridad en Cristo debería liberar al creyente de la necesidad de dominar la conversación.
La invitación debe ser más profunda que “volver a la iglesia”
Para alguien que se distanció, la primera invitación no siempre tiene que ser asistir a un servicio el domingo. Puede ser leer juntos uno de los Evangelios, conversar durante varias semanas, orar si la persona lo desea o presentarle a un pequeño grupo seguro. El objetivo no es retrasar indefinidamente la vida comunitaria, sino evitar que “volver a la iglesia” se convierta en sustituto de encontrarse de nuevo con la persona y obra de Jesús.
El cristianismo bíblico no termina en una espiritualidad privada: los discípulos son incorporados a un pueblo que adora, aprende, sirve y se corrige mutuamente. Pero el camino hacia esa pertenencia puede requerir paciencia. La persona que salió de una experiencia religiosa dañina quizá necesite observar durante un tiempo si la nueva comunidad practica lo que predica. La hospitalidad, la transparencia y los límites sanos también comunican el evangelio.
Los datos ayudan a mirar el contexto, no a diseñar un estereotipo
Las cifras de Pew describen seis países que reúnen una gran parte de la población regional, pero no representan cada nación ni cada barrio. Tampoco explican por qué una persona concreta cambió de afiliación. La evangelización responsable usa la investigación para corregir supuestos generales, no para convertir a las personas en segmentos de mercado. Que los jóvenes aparezcan con mayor frecuencia entre los no afiliados no significa que todos compartan las mismas razones o preguntas.
La iglesia puede aprender del cambio religioso sin obsesionarse con recuperar cuota de mercado. Su tarea no es defender una marca denominacional, sino dar testimonio de Cristo. Si una persona viene de una tradición católica, pentecostal, histórica o de ninguna tradición, la conversación debe ser suficientemente bíblica para explicar el evangelio y suficientemente humana para escuchar la historia que trae consigo.
El éxito no es conseguir una respuesta inmediata
Algunas conversaciones terminan con una oración, otras con una pregunta nueva y otras con un “todavía no”. Jesús no autorizó a sus seguidores a presionar decisiones para poder contarlas. La fe cristiana anuncia un llamado real al arrepentimiento y a la confianza en Cristo, pero una respuesta libre no puede fabricarse mediante insistencia emocional. El testigo cristiano habla, escucha, vuelve a hablar cuando hay apertura y deja espacio para que la otra persona piense.
Eso también protege al evangelista de una ansiedad innecesaria. Nadie controla el ritmo con que otra persona procesa su historia, sus dudas y las afirmaciones de Jesús. La fidelidad consiste en presentar a Cristo con verdad, tratar al otro con dignidad y estar dispuesto a acompañar más de una conversación. A veces la misión empieza cuando dejamos de intentar cerrar el tema demasiado rápido.
América Latina sigue siendo profundamente religiosa, pero ya no es religiosamente uniforme. Crecen las trayectorias híbridas: personas que conservan fe en Dios, se alejan de una institución, prueban otra comunidad o viven años sin una afiliación clara. Ese escenario no debilita la misión; la obliga a ser más honesta y menos automática.
Hablar de Jesús con quien se alejó de la iglesia requiere convicción y paciencia a la vez. El cristiano puede creer que el evangelio es verdadero sin tratar a la otra persona como un problema que debe resolver. Cuando la conversación comienza con escucha, continúa con una presentación clara de Cristo y deja lugar para preguntas reales, el testimonio se parece más a una invitación que a una campaña de recuperación de miembros.



