Domingo 25 de octubre de 2026 · Domingo de la Reforma

Domingo de la Reforma

Un regalo que transforma nuestra manera de vivir

The Christianity Project · 5 min de lectura

Domingo de la Reforma

Lectura de hoy · NVI

1En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, 2en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna los aires, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia. 3En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza merecedores de la ira de Dios. 4Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, 5nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! 6Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales, 7para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús. 8Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios y 9no por obras, para que nadie se jacte. 10Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.

Efesios 2:1-10

Hermanos, buenos días. Pensemos en cuántas cosas de la vida parecen depender de demostrar que merecemos una oportunidad. Hay entrevistas, evaluaciones, documentos por presentar y cuentas que pagar. Es natural que, después de tanta exigencia, también imaginemos nuestra relación con Dios como una ventanilla donde debemos llevar todas las pruebas de que somos suficientemente buenos. El Evangelio nos anuncia algo completamente distinto: Dios se acerca a nosotros por gracia.

Hoy abrimos Efesios 2:1-10. Es un pasaje oportuno para el Domingo de la Reforma, una fecha que nos invita a volver nuestra atención a la Palabra de Dios y a la suficiencia de Jesucristo. Pablo escribe a una comunidad que necesitaba comprender de dónde venía su nueva vida. No comienza diciendo que sus miembros eran mejores que los demás. Comienza recordando su antigua condición y la misericordia que los alcanzó.

Los primeros versículos hablan con seriedad del pecado; no se trata solamente de errores visibles que preferimos no comentar. Hay orgullo, indiferencia, dureza y deseos que quieren gobernarnos. A veces sabemos muy bien lo que sería justo y elegimos lo contrario. Podemos mejorar costumbres y aprender disciplina, pero no podemos fabricar con nuestras fuerzas el perdón de Dios. El problema humano es demasiado profundo para resolverse con una lista de promesas personales.

Entonces llegamos al versículo 4; escuchen el cambio: Dios, rico en misericordia, actúa por el gran amor con que nos amó. ¡Qué buena noticia! El comienzo de la salvación no está en una escalera que nosotros logramos subir. Está en el corazón misericordioso del Padre. Cuando todavía no teníamos con qué presumir, Dios se acercó a nosotros por medio de su Hijo.

Pablo afirma que hemos recibido vida juntamente con Cristo; piensen en la fuerza de esa expresión. No dice simplemente que Dios nos entregó consejos para salir adelante. Nos habla de una obra que transforma nuestra condición más profunda. Jesús murió por nuestros pecados y resucitó; su victoria es el fundamento de nuestra esperanza. La salvación no está construida sobre la seguridad que sentimos, sino sobre lo que Cristo ha hecho.

Miremos con cuidado los versículos 8 y 9. Allí está uno de los grandes anuncios de la carta: somos salvos por gracia, mediante la fe; no es un logro del que podamos jactarnos. La fe no es una moneda con la que compramos la ayuda divina; es confiar en quien puede salvar. Como quien recibe un regalo que nunca habría podido adquirir, abrimos las manos y agradecemos. Todo el mérito pertenece al Dador.

Esto confronta una costumbre muy humana: llevar un registro invisible de nuestras virtudes. Hicimos un favor, cumplimos una promesa, asistimos a una reunión, ayudamos a alguien y pensamos que ya acumulamos puntos. Nada de eso carece de valor; lo que cambia es su lugar. Las buenas obras no son un precio pagado para que Dios nos acepte. Son una respuesta agradecida cuando hemos conocido su amor.

El Domingo de la Reforma nos recuerda que la iglesia necesita escuchar esta verdad una y otra vez. En distintos momentos de la historia, los creyentes han tenido que preguntarse si estaban poniendo su confianza en Cristo o en sus propios logros religiosos. No necesitamos usar esa memoria para despreciar a otros cristianos ni para alimentar disputas. Lo verdaderamente importante es escuchar de nuevo el Evangelio que nos llama a mirar a Jesús.

Puede que alguien esté pensando: si todo es gracia, ¿entonces la conducta no importa? Pablo no deja esa pregunta sin respuesta. En el versículo 10 nos llama obra de Dios, creados en Cristo para buenas obras. No somos salvos porque hicimos el bien suficiente, pero somos llamados a hacer el bien porque hemos recibido una vida nueva. La gracia no deja intacto nuestro egoísmo; nos enseña a servir.

Veamos una situación cotidiana; una persona recibe ayuda en un momento en que no puede devolverla. Si esa ayuda fue un verdadero regalo, el agradecimiento no se expresa viviendo con miedo a que un día le pasen la factura. Se expresa aprendiendo a compartir. De manera infinitamente mayor, la misericordia de Dios puede hacernos generosos con quienes atraviesan una temporada de necesidad. No damos para comprar salvación; damos porque hemos recibido amor.

La gracia también nos libra de comparaciones destructivas. Una persona cree que su conducta la vuelve superior a todos; otra recuerda sus errores y piensa que jamás podrá acercarse a Dios. Ambas necesitan oír la misma palabra. Nadie entra al Reino por presumir de sus méritos, y nadie debe concluir que sus fracasos son más grandes que la misericordia de Cristo. Venimos con las manos vacías y recibimos su perdón.

Eso no significa que el arrepentimiento sea superficial. Cuando una persona ha mentido, abusado de su posición o causado daño, la gracia no ofrece permiso para continuar. Nos llama a reconocer la verdad, detener el mal y asumir responsabilidades. Pero lo hacemos desde la esperanza de que Dios puede comenzar algo nuevo. La vergüenza nos lleva a escondernos; el Evangelio nos invita a caminar hacia la luz de Jesús.

Tal vez esta semana tengas delante una decisión poco visible. Devolver una cantidad cobrada por error, hablar con honestidad en el trabajo, reconocer que una palabra hirió a alguien o ayudar sin esperar que todos lo sepan. Son obras concretas. No constituyen una escalera para llegar al cielo; muestran que el amor de Cristo está renovando nuestros pasos en la tierra. La fe viva se expresa en el modo en que tratamos a nuestro prójimo.

Hay una libertad especial en saber que no debemos representar una perfección que no tenemos. Podemos pedir ayuda, aprender y corregir. Podemos alegrarnos del bien que otro hace sin sentir que su crecimiento disminuye nuestro valor. Podemos acercarnos a Dios con gratitud y no con una carpeta de supuestos méritos. La cruz pone fin a nuestra pretensión de salvarnos solos y abre una vida de humilde confianza.

Iglesia, lleven esta noticia a la semana que comienza: en Cristo, la salvación es regalo, no salario. Cuando el orgullo aparezca, recuerden de quién viene todo lo bueno. Cuando la culpa los empuje a la desesperación, miren al Salvador resucitado. Y cuando encuentren una oportunidad de servir, háganlo con libertad. No trabajamos para obligar a Dios a amarnos; porque hemos recibido su amor, aprendemos a amar a los demás.

Oremos

Dios de misericordia, hoy te damos gracias por la salvación que nos ofreces en Jesucristo. Perdona nuestra costumbre de medir a otros y medirnos a nosotros mismos con orgullo o desesperación. Enséñanos a confiar en tu gracia y a reconocer con sinceridad nuestras faltas. Haz que el regalo de tu amor produzca frutos de justicia, generosidad y paz. Ayuda a quienes cargan culpa y a quienes se sienten excluidos, para que conozcan tu invitación al perdón. Que nuestra fe no sea apariencia, sino confianza viva que se expresa en obras de amor. Amén.

Que la gracia de Jesucristo llene tu corazón de libertad y que su Espíritu te guíe a vivir con fe, verdad y amor. Amén.

← Todos los sermones